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Una buena comunicación con Dios exhibe por defecto, una adecuada concepción de mi mismo. El Capítulo 1 de la Primera Carta de Pedro, arroja una precisa explicación de mi, que aunque disperso en un mundo enredado y complicado, he sido redimido por la sangre de Jesucristo para obedecerle:  ¡Alabado sea Dios, Padre de mi Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, me ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tenga una esperanza viva y reciba una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para mi, a quien el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos.
Esto es para mi motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora he tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también mi fe, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Amo a Jesús a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo veo ahora, creo en él y me alegro con un gozo indescriptible y glorioso, pues estoy obteniendo la meta de mi fe, que es mi salvación.
Los profetas, que anunciaron la gracia reservada para mi, estudiaron y observaron esta salvación. Querían descubrir a qué tiempo y a cuáles circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando testificó de antemano acerca de los sufrimientos de Cristo y de la gloria que vendría después de éstos. A ellos se les reveló que no se estaban sirviendo a sí mismos, sino que me servían a mi. Hablaban de las cosas que ahora me han anunciado quienes me predicaron el evangelio por medio del Espíritu Santo enviado del cielo. Aun los mismos ángeles anhelan contemplar esas cosas. Debo ser santo.
Por eso, me dispongo a: - Actuar con inteligencia
- Tener dominio propio
- Poner mi esperanza completamente en la gracia que se me dará cuando se revele Jesucristo.
Como hijo obediente, no me amoldo a los malos deseos que tenía antes, cuando vivía en la ignorancia.
Más bien, debo ser santo en todo lo que haga, como también es santo quien me llamó; pues está escrito: «Sean santos, porque yo soy santo.» Ya que invoco como Padre al que juzga con imparcialidad las obras de cada uno, vivo con temor reverente mientras sea peregrino en este mundo.
Fui rescatado de la vida absurda que heredé. El precio de mi rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto. Cristo, a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos en beneficio mío. Por medio de él creo en Dios, que lo resucitó y glorificó, de modo que mi fe y mi esperanza están puestas en Dios.
Ahora que me he purificado obedeciendo a la verdad y teniendo un amor sincero por mis hermanos, amémonos de todo corazón los unos a los otros. Pues he nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece. Porque «todo mortal es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo; la hierba se seca y la flor se cae, pero la palabra del Señor permanece para siempre.  Usted puede reaccionar con su opinión escribiendo
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